‘¿Cómo podemos aplazar el fin del mundo?’

El mundo se creó un sábado. Un sábado a las seis de la tarde, en específico, el 22 de octubre de 4004 a. de C., o eso fue lo que dijo un obispo irlandés en el siglo XVII. Desde entonces, desde ese aburrido sábado por la tarde no hemos hecho más que recordar, tratar de regresar al pasado, tratar de moldearlo y de inventarlo. Padecemos de nostalgia o eso es lo que cree el narrador de Las tempestálidas, la más reciente novela traducida al español del escritor búlgaro Gueorgui Gospodínov y que lo llevó a ser el ganador este año del International Booker Prize.

Bulgaria parece a veces un país olvidado, del que casi nunca llegan noticias a este lado del Atlántico. Aparte de haber sido catalogado como uno de los países más tristes del mundo, seguramente en el mismo escalafón en que catalogan a Colombia como uno de los más felices, es una extrañeza oír o leer algo de esta nación que gravita entre los Balcanes, Europa y Turquía. Es un país que si no fuera por el bello nombre de su capital, poco sabríamos de él.

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De ahí que el reconocimiento a Gospodínov desatara una especie de felicidad colectiva en su país, por fin el mundo –o una pequeña parte de este– volvía a decir: Bulgaria. La emoción fue tanta que muchos búlgaros estuvieron despiertos casi hasta la medianoche para ver si su escritor por fin haría que esa capa de olvido se fuera por un tiempo. Y así fue, por fin uno de los suyos compartía un galardón con escritores de la talla de David Grossman, Lydia Davis, Olga Tokarczuk o Chinua Achebe.

Las tempestálidas es uno de los tres libros traducidos al español del autor por la editorial Fulgencio Pimentel. En ellos hay una preocupación por el pasado, por la ciencia y por la destrucción. Su libro Física de la tristeza, por ejemplo, trata sobre la memoria colectiva, sobre esos saberes que hacen que su protagonista se pregunte por qué no hay una rama del conocimiento que entienda la física detrás de un sentimiento como la tristeza. Mientras que en Novela natural busca hablar del origen o el desastre del mundo y mira a través de los ojos de la naturaleza ese entorno; el encanto está en que es una especie de libro de historia natural escrito con las herramientas de la ficción.

En sus novelas siempre aparecen los cruces entre la ciencia y la literatura.

Por eso, en Las tempestálidas lo que subyace es el miedo al olvido y al fin de la memoria. Este temor lleva a sus protagonistas a crear clínicas del pasado, lugares donde la gente que pierde la memoria puede tratar de recuperar sus últimos recuerdos. Allí llegan desde personas que buscan recrear las habitaciones de las antiguas repúblicas soviéticas, o llegan nostálgicos de la movida madrileña que quieren revivir esos días de libertad, y hasta llegan los ya arrepentidos partidarios del brexit que quieren volver a la Unión Europea. El problema es que tanto recordar se convierte al mismo tiempo en un peligro. El mundo de la novela, pero también el nuestro, se encuentra en una crisis del pasado, en una crisis del recuerdo y siempre hay quienes se aprovechan de esto, no por nada dice Gospodínov que la guerra en Ucrania no se entiende sin el afán de Putin por volver al pasado y tratar de reescribirlo, o su afán por borrar cualquier rastro de la cultura que no sea la suya.

¿Cómo recibió la noticia del Booker Prize? ¿Qué es lo que menos se esperaba que le pasara luego de recibir este premio tan importante?

Lo supe en el instante mismo en el que se anunció en Londres, en la ceremonia a la que asistí. Lo que no me esperaba después de recibir el premio fue el estallido de tanta alegría en Bulgaria y entre mis amigos de todo el mundo. La gente se quedó hasta medianoche viendo la ceremonia y lloró de alegría. Luego hicieron una cola interminable para que les firmara el libro, y me decían: necesitábamos que ocurriera algo bueno en estos años difíciles.

Y en cuanto a años difíciles, en su libro hay un fantasma que recorre Europa, y de paso su libro, el de la amnesia colectiva o un alzhéimer casi universal. ¿Por qué cree que puede ser importante recordar para las sociedades?

Existen varias respuestas sencillas a esta pregunta, y en el libro Gaustín y el narrador intentan dar con ellas. Recordamos para mantener el pasado dentro del pasado. La memoria también forma parte de nuestra propia identidad. Somos seres completos mientras recordamos quiénes somos y de dónde venimos. La memoria también puede ser una cuestión de ética. Mientras recordamos como sociedad cuáles son los fundamentos de nuestro contrato social, lo que hemos acordado en llamar el bien y el mal, entonces tenemos un futuro. Si olvidamos estas cosas, la sociedad se desmorona.
Uno de los peligros de esta pérdida de memoria es que los poderosos se aprovechan de esto. Hay una fascinación de los poderosos por moldear esa memoria histórica.

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¿Cree que hay alguna relación de esto con las guerras actuales que están ocurriendo?

Sí, la memoria es fácilmente manipulable y el poder se aprovecha de ello. No solo es muy importante recordar, sino también cómo recordamos, qué memoria guardamos de las cosas. Creo que las guerras actuales en el mundo, y sobre todo la guerra de Rusia en Ucrania, tienen mucho que ver con la memoria manipulada. En realidad, cada guerra nos hace retroceder al pasado. Y con más frecuencia ocurre cuando la memoria de la guerra anterior está desapareciendo.

Esto ha llevado a que mucho de lo que se recuerda en las sociedades esté marcado por ese ‘relato oficial’. De hecho, uno de los personajes del libro solo puede recordar su pasado a través de lo que le cuenta un espía que lo vigiló. ¿Puede ser la literatura una forma de recordar como sociedad por fuera de los relatos de la historia oficial o la dictada por el Estado?

Pienso, y lo creo de veras, que la literatura todavía posee el poder de contar la verdadera historia de las personas y de la sociedad, el poder de ser subversiva de cara a la narrativa oficial y propagandística del Estado. La literatura es un antídoto natural, un antídoto contra el veneno de la propaganda de los Estados totalitarios. Narrando historias o escuchando las historias de los que nos rodean, nosotros producimos memoria, comprendemos, encontramos consuelo. Narrar historias es algo más viejo que la propaganda. Y creo que es más poderoso que ella.

Sin embargo, la novela también es una novela sobre los libros. Está repleta de referencias a clásicos de la literatura occidental, tanto que vemos a García Márquez convertido en un vendedor de periódicos. Aquí los libros se vuelven una especie de antídoto contra la pérdida de la memoria. ¿Cree que esa pueda ser otra de las funciones de la literatura o de escribir y contar historias?

Totalmente. Y esta es una de las funciones de la literatura. Los libros representan nuestra memoria externa más antigua, acumulada a lo largo de los siglos, si hemos de recurrir a la terminología actual. Pero tienen la ventaja y el superpoder de convertirse en memoria interna.

Las tempestálidas es una novela que si bien habla mucho sobre la memoria, es de la misma forma una novela sobre qué llamamos hogar. El pasado como ese refugio, los recuerdos y los olores como las paredes de una casa. ¿Qué tiene que ver el pasado con esa idea de casa u hogar que tenemos en la sociedad occidental?

Nuestro dolor, el anhelo de retornar a casa, si atendemos a la etimología de la palabra ‘nostalgia’, no es únicamente un dolor por un espacio perdido, sino el dolor por un tiempo concreto. La mayoría de las veces ese tiempo es la infancia. Todos somos emigrantes de esta única patria: la infancia que tuvimos. Y por eso siempre querremos volver allí. Me parece que en realidad no añoramos el lugar de antaño, sino el tiempo de antaño. El tiempo se ha vuelto más importante que el lugar.

Portada de su libro

Foto:

Editorial Fulgencio Pimentel.

En sus novelas siempre aparecen los cruces entre la ciencia y la literatura. En esta última reflexiona sobre los alcances de la medicina, en cómo algo que nos debe salvar se convierte en un objeto de consumo y en un peligro. ¿Por qué le interesa esto?

En realidad, todas mis novelas trabajan con una ciencia u otra. Para mi primera novela, Novela natural, la ciencia era la historia natural. Para Física de la tristeza era la física cuántica. Y para Las tempestálidas, por supuesto, es la medicina y las ciencias de la memoria y el cerebro. Me parece natural que la literatura y la ciencia tengan parentesco por elección. La novela y la ciencia tienen el mismo punto de encuentro: el hombre. Y hoy en día afrontan el mismo problema: ¿cómo podemos aplazar el fin del mundo?

Usted ha dicho que Las tempestálidas es una novela sobre los medios y sobre uno en particular: el futuro cancelado. ¿Cómo llegamos a cancelar el futuro y a temerle?

El futuro está hecho de sueños. En un momento determinado, dejamos de soñarlo e inventarlo. Los yacimientos de futuro no son profundos e inagotables como los del pasado. Son frágiles y débiles, hechos de esperanzas y miedos. Hemos olvidado que el futuro se alimenta del útero del presente, está conectado al presente por una placenta invisible. Y cuando envenenas el presente y lo conviertes en un presente angustioso e imposible de habitar, el futuro se va muriendo en silencio.

¿No le da miedo que sus libros se vuelvan proféticos frente a ese futuro cancelado al que nos enfrentamos?

Los escribo para que no se cumplan. El sentido de la literatura es que al narrar un posible futuro catastrófico la gente se someterá a sí misma a juicio e intentará aplazar el final. Como dice Gaustín en el epílogo de esta novela: “El final de una novela es como el final del mundo, conviene retrasarlo”.

Y, ya para terminar, en estos tiempos en que no hay tiempo y el presente es cada vez más absorbente, ¿cómo es su rutina de escritura?

Me basta con tener un cuaderno y un bolígrafo, o un ordenador portátil, algo de soledad y melancolía, que haya luz fuera, que el cuarto esté en silencio y solo se oiga el zumbido de una mosca.

Diego Felipe González Gómez
Para EL TIEMPO

Por Diario

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