Sí, el peligro de una guerra nuclear existe

Parecíamos fantasmas”. Chiyoko Kuwabara relataba así, entre el desconcierto y el horror, su experiencia cuando siendo niña estalló en su ciudad la primera bomba atómica: Hiroshima, hoy hace exactamente 78 años. Tres días más tarde fue Nagasaki. Las consecuencias fueron devastadoras: la muerte de más de 240.000 personas (solo en 1945), las ciudades destruidas y los graves problemas de salud que la radiación liberada provocó durante décadas.

Estados Unidos investigó durante años la manera de construir una bomba atómica por el temor a que los nazis la obtuvieran antes. Pero en 1945 se justificó su uso para conseguir la rendición de Japón en la Segunda Guerra Mundial.






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Luis Cerdeira garrido

J. Robert Oppenheimer and his wife Katherine meet with Japanese citizens during a visit to Japan in 1960. (Photo by © CORBIS/Corbis via Getty Images)

78 años después de Hiroshima, la mayoría de potencias nucleares modernizan sus arsenales

Ni lo uno ni lo otro era del todo cierto: los aliados supieron en su momento que el régimen nazi no tenía el arma nuclear y probablemente Japón se hubiera rendido igualmente.

La voluntad de conseguir un poder incontestable a escala global pesó mucho más. Y la posterior pugna por la hegemonía llevó a las potencias a una carrera armamentística desbocada.

Seguramente, muchos científicos no se hubieran implicado en el proyecto Manhattan, que sirvió para crear la bomba atómica de ser conscientes que el ansia de poder, y no la lucha contra el nazismo, era el factor determinante.

En cualquier caso, las armas nucleares abrieron una perspectiva inédita: la capacidad científica puesta al servicio de la destrucción hacía posible el ocaso de la experiencia humana.

El fin de la guerra fría creó la sensación de que el peligro nuclear desaparecía. Nada más lejos de la realidad.

FILE - In this Sept. 8, 1945, file photo, an allied correspondent stands in a sea of rubble before the shell of a building that once was a movie theater in Hiroshima, western Japan, a month after the first atomic bomb ever used in warfare was dropped by the U.S. to hasten Japan's surrender. Many people exposed to radiation developed symptoms such as vomiting and hair loss. Most of those with severe radiation symptoms died within three to six weeks. Others who lived beyond that developed health problems related to burns and radiation-induced cancers and other illnesses. (AP Photo/Stanley Troutman, Pool, File)

“Parecíamos fantasmas”, recuerdan los supervivientes de la destrucción de Hiroshima

Stanley Troutman / AP

En primer lugar, porque, pese a los sucesivos compromisos de desarme, la mayoría de acuerdos de control de armas (que pactaban situaciones de equilibrio) se han ido desvaneciendo y, con ello, ha aumentado el riesgo. En segundo lugar, porque hoy aún existen 12.500 armas nucleares (cuya fuerza destructiva, muy superior a la de 1945, podría poner fin a la vida en el planeta). Por si fuera poco, en los últimos años la mayoría de las potencias nucleares están impulsando programas de modernización de sus arsenales. Las insinuaciones de Putin de usarlas, a raíz de la guerra de Ucrania, han hecho recuperar, de golpe, la conciencia: sí, el peligro de una guerra nuclear existe.

Cuando lamentablemente –y recurrentemente– se produce en Estados Unidos una matanza en una escuela, la solución propuesta por el lobby de las armas (“si los maestros tuvieran armas habrían evitado la matanza”) nos hace reír por su absurdidad y nos escandaliza por su irresponsabilidad. Pero no nos damos cuenta de que, sobre armas nucleares y seguridad, muchos argumentos usados se asemejan a los de la Asociación Nacional del Rifle (NRA).

Recientemente, en muchos ámbitos y foros, se dice que, de haberse quedado Ucrania las armas nucleares que poseía, no hubiera sufrido el ataque de Rusia. No, Ucrania –y cualquier otro país– no estaría más seguro poseyendo armas nucleares. Lo que les daría realmente más seguridad sería un mundo libre de ellas.

No existe, por otro lado, un uso limitado del arma nuclear: cualquier uso desencadenaría un ciclo inasumible de destrucción y devastación. No solo de muerte en el presente, sino también de imposible seguridad alimentaria y viabilidad ecológica en el futuro.

La única forma de evitar una guerra nuclear es el desarme. Ese era uno de los objetivos del tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) de 1968, boicoteado sistemáticamente por las mismas potencias que lo impulsaron. Resulta grave que las potencias nucleares se desentiendan de sus compromisos, pero aún más la aquiescencia de tantos otros países.

Como la recientemente estrenada película Oppenheimer nos recuerda, algunos científicos se negaron a colaborar con la bomba atómica y varios de los que participaron, vistas sus terribles consecuencias, se arrepintieron. Pero más que arrepentirnos cuando sea demasiado tarde, debemos actuar ya. Así lo hizo la sociedad civil, como la campaña ICAN y la Cruz Roja, que impulsaron el tratado de Prohibición sobre las Armas Nucleares (TPAN). Así lo hacen los 92 países que ya lo apoyan. O las Naciones Unidas, que reclaman su universalización. Las potencias nucleares y sus aliados deben actuar con conciencia y responsabilidad.

Más de 100 revistas médicas de todo el mundo (entre las cuales The Lancet, The British Medical Journal, The New England Journal of Medicine o JAMA) lo recuerdan. Acaban de alertar en un editorial conjunto que el peligro nuclear existe y crece. Y concluyen que “los estados con armas nucleares deben eliminar sus arsenales antes que estos nos eliminen a nosotros”.

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Por Diario

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